Alba
El hacedor del bien
Lo que no se puede decir, no se debe decir
Hay verdades de verdades, y a imitación del diplomático de Scribe, podríamos clasificarlas con mucha razón en do…
Solo
Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván estaba el velador maqueado, manchado de ceniza de ciga…
El conjuro
El pensador oyó sonar pausadamente, cayendo del alto reloj inglés que coronaban estatuitas de bronce, las doce de la noche del…
Más es el ruido que las nueces
El árbol del orgullo
Si bajan a la Costa de Berbería, donde se estrecha la última cuña de los bosques entre el desierto y el gran mar sin ma…
Los tres cosmonautas
Había una vez la Tierra.
Y había una vez Marte.
Estaban muy lejos el uno de la otra, en medio del cielo, y alrededor h…
El sueño
Murray tuvo un sueño.
La psicología y la ciencia vacilan cuando intentan explicarnos las aventuras de nuestro …
El infierno artificial
Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas con paso singularmente rígido. Va desnudo hasta la cintura y l…
Dónde está mi cabeza
- I -
Antes de despertar, ofrecióse a mi espíritu el horrible caso en forma de angustiosa sospecha, como una tristeza hond&ia…
Máximas y Aforismos de Confucio
De la moral provienen dos cosas esenciales: la cultura de la naturaleza inteligente y la duración de los pueblos.
Es preciso que el …
El soldadito de plomo
Érase una vez un niño que tenía muchísimos juguetes. Los guardaba todos en su habitación y, durante el d&…
El amar y el querer
La princesa y el granuja
- XIII -Discurrieron por los salones en parejas. Migajas daba el brazo a su consorte.
-¡Es lástima -dijo ésta-, qu…
El puñal
En un cajón hay un puñal.
Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, qu…
Los elfos y el zapatero
Hace mucho, mucho tiempo, vivía en un país mágico un humilde zapatero, tan pobre, que llegó un día en que…
El tesoro perdido
El sol poniente se hundía en los picos helados de las montañas y éstos se tornaban rojos como ascuas. En las azoteas de…
El miedo a la muerte
I
Se podría yo decir cuándo experimenté la primera manifestación de este miedo, de este horror, debiera decir, a…
La mujer de piedra
II
Por qué durante los catorce o quince días que llevaba de residencia en aquella población, aunque continuamente estu…
La gallina degollada
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengu…